Corrían los años 70 y el Bajo Flores era un enjambre de pibes y pibas. El gobierno peronista de entonces había asfaltado casi todo el barrio, y nosotros, los adolecentes, tratábamos de mejorar nuestro aspecto, en conocordancia con el barrio, pero sin perder nuestra pasión desprolija por el fútbol.
En ese entonces nuestro barrio tenía diferentes barras, que jugábamos al fútbol, desafiándonos constantemente. Nosotros éramos los del pasaje, porque casi todos sus integrantes (en realidad todos menos yo) vivían en el pasaje Frank Brown.
El campo de batalla elegido para llevar a cabo los desfíos, dónde se defendía con orgullo el prestigio (así lo pensábamos en aquellos días) de la barra, era la placita ubicada en la intersección de la Av. Perito Moreno y la calle Zuviría, la cual todavía no se había abierto hacia Mariano Acosta como sucediera en los años venideros para liberar el tránsito que venía por la colectora de la Richieri. Esto nos permitía disponer de un espacio amplio como para jugar sin el riesgo del paso de los autos.
Era Diciembre, teníamos todo el día libre, y uno de la barra nos pasó a informar, que a la tarde teníamos un desafío con los de Greco, a quienes llamábamos así porque uno de sus líderes (especialmente en lo futbolístico) era Huguito Greco, un muy buen jugador con quién yo luego jugaría algunos campeonatos en la Liga de Flores. Había otras barras por supuesto, pero espero poder referirme a ellas más adelante.
El partido era muy difícil, hacía mucho calor, y ellos eran mas grandes que nosotros. En aquel momento yo tenía trece años, como la mayoría de los nuestros, y ellos tenía un par de muchachos que rondaban o superaban los dieciocho, como el loco Zungri (no se si se escribía así) y Antonio el hermano de Huguito. A pesar de eso, los tuvimos a tiro todo el partido, y sobre el final logramos meter tres goles al hilo y ganámos, lo cual no sucedía muy seguido contra ellos.
El triunfo ya me había alegrado bastante, pero para rematarla, viene mi amigo el negro Omar y me dice que a la tardecita nos teníamos que ver con dos pibas, y también en la placita, por supuesto.
Una vivía en frente de casa y estaba buenísima, a la otra yo no la conocía pero según el negro también estaba buena (en realidad a los trece nos parecían buenas casi todas). La cuestión es que baño mediante, volvimos a la placita, empilchados y perfumados para ver si podíamos apretarlas (ojo, en aquel entonces apretarlas quería decir lograr besarlas, no más que eso), lo cual nos permitiría, por un tiempo ser el centro de atención de la barra, cuando relatáramos el espisodio. Porque, como conté antes, esta clase de relatos, en el bajo flores, son objeto de reverencia. Pero a pesar de nuestros torpes intentos, no pasó nada, aunque las pibas estaban bárbaro con nosotros y nos quedamos en la placita unas cuantas horas, al fin y al cabo un empate no estaba mal para terminar el día.
Pero, la suerte que es grela, como dice le tango, no me iba permitir retirame invicto. Resulta que, como no habíamos tomado conciencia del horario, parece ser que mi vieja había estado buscandome para comer, hacía ya un largo rato. Y cuando me vió venir todo sonriente de la placita, se plantó en la puerta de mi casa, chancleta en mano, amenazándome y largándome una batería de puteadas que espantaron, como correspondía, no solo al negro, quien en definitiva volvería al otro día, sino también a las pibas. Me iba costar mucho que volvieran.