Pocos residentes del Pasaje Frank Brown de antaño permanecen en mi memoria con tanta claridad como Pepé, un verdadero vigía del vecindario.
Pepé era discapacitado, no caminaba y tenía dificultades para hablar. Pero esto no le impedía interactuar permanentemente con todos los habitantes del Barrio.
La Hortencia, la cuñada de Pepé, era la persona que lo atendía siempre, lo sacaba a la puerta y lo sentaba en una de esas antiguas sillas de madera y mimbre. Desde allí, nuestro amigo tenía un vista panorámica del pasaje, y con cada persona que pasaba por la vereda, o se asomaba a ella trataba de entablar conversación. No siempre tenía exito en esta empresa. En lo que sí era bastante exitoso, era en el "mangazo". A Pepé le gustaba fumar y no había forma de evitar, al pasar cerca de él, el pedido clamoroso de un cigarrillo. Por esta razón era común observar en el bolsillo de su camisa, una cantidad importante de fasos de diferentes marcas que había acumulado através de sus solicitudes.
Nosotros, éramos sin duda, su mayor compañía mientras estaba en la vereda y, por que no admitirlo, su mayor suplicio. Así como con nosotros se atrevía a joder y se animaba a cargarnos, también recibía de nuestra parte las molestias propias de los adolescentes que no tenían nada que hacer.
Con quién más se enojaba era con Carlitos, el Tano, que de pibe era bastante cargoso. Cuando se peleaba con él, Pepé inmediatamente lo acusaba con la mamá. "Juanaaaaa..., mira a Carlito" era el grito predilecto del acusador.
Oservador de todos los partidos que armábamos en la calle, no dudaba en cargarnos cuando nos hacían un gol, y si nos acercábamos amenazadores, simulando estar enojados, se reía alegremente, gozoso de su picardía y de haber conseguido enfurecernos.
Pepé tenía, a pesar de su dificultad en los movimientos de manos y piernas, una gran capacidad para matar moscas. No, no estoy jodiendo. Aún con sus limitaciones, este inolvidable bajoflorecino, cazaba a esos odiosos insectos con una facilidad tal que, yo llegué a sospechar que las moscas, conocedoras de los impedimentos de nuestro amigo, deambulaban por su humanidad con una confianza que no le dispensaban a ningún otro mortal, y que, debido a ello, no estaban preparadas para las embestidas de sus manos, quedando así sentenciadas a una muerte inesperada.
Con algunos de los muchachos de entonces, siempre recordamos que durante un verano, a la hora de la siesta, nos sentamos en el piso, al lado de Pepé, y le insistimos para que cante y, por complacernos, él comnenzó a cantar un tango que decía asi "Patotero, rey del bailongo. Patotero, sentimental". Al ratito un baldazo de agua proveniente de su propia casa, cayó sobre él y lo enmudeció por completo. Nosotros nos reímos. Pepé permaneció casi inmóvil. Al rato le insistimos para que retomara la canción, pero se negó rotundamente diciendo "Mejor cantá vos, no ves que a mí me tiran agua".
Pepé murió hace unos años, y hoy cada vez que vuelvo al barrio, cada vez que doblo la esquina de Crisótomo Alvarez para ingresar en el Pasaje, me parece que lo veo sentado en su silla de madera y mimbre, con la cabeza agachada, haciéndome señas con la mano, para que me acerque y le convide un faso.