En el Bajo Flores, por lo menos en el Bajo Flores de entonces, era deber los adultos cuidar a los niños y jóvenes del barrio. No sé como ni cuando comenzó eso. No sé si hubo, en algun momento de antaño, algún pacto o acuerdo entre vecinos. Lo que sí sé, es que en este legendario barrio de Buenos Aires, en los setentas, nosotros los jóvenes de esa época, estábamos protegidos por los mayores.
Claro que, ninguna persona alcanzó tanta excelencia en este ejercicio, como la abuela Conce.
Doña Conce (Concepción) era abuela del Negro Omar y ejercía una especie de matriarcado, allí en el 1762 del Pasaje Frank Brown, donde se ocupaba y preocupaba por igual, tanto de sus hijos (dos hombres grandes, ya casados y con hijos) como de sus nietos, ya que, Julio, el padre del negro, vivía allí con su mujer y sus dos hijos.
Esta entrañable gallega, hizo de su casa una casa de puertas abiertas. La casa más visitada del barrio.
Recuerdo que si estábamos jugando en la calle, con el Negro o el hermano, y era la hora de almorzar, la abuela llamaba tanto a sus nietos como a los otros pibes que estuviéramos por ahí. Y aunque le argumentáramos que nos estaban esperando en casa, insistía como si creyera que nos íbamos a quedar sin comer. Yo siempre pensé que ella disponía de un instinto maternal exagerado, que la llevaba a estar pendiente de todos.
A los pibes de la barra nos tenía locos. Cada vez que lo pasábamos a buscar al Negro, por la tarde, nos hacía sentar, nos cebaba unos mates, nos obligaba a comer alguna galletita, y recién pasado un rato nos permitía seguir nuestra ruta.
De noche era peor. La casa de Omar era el punto de encuentro de nuestras salidas nocturnas. Nosotros, en aquel entonces, solíamos ir a bailar empilchados con saco y corbata. Pero la abuela estaba segura de que no estábamos alimentados lo suficiente. Asi es que andaba detrás de nosotros, con un plato de comida, tratando de que nos reforzáramos con algo para el camino. Más de una vez aceptábamos con ganas, a riesgo incluso de mancharnos la ropa.
Como, con el tiempo, la amistad con el Negro fue cada vez mas sólida, yo ya me había convertido (al menos así me lo hicieron sentir) en uno más de la casa. Y como con Omar compartíamos tanto las salidas a bailar, como los partidos en la Liga de Futbol de Flores, era bastante común que a la salida del boliche nos fuéramos a su casa a dormir un par de horas y luego de ahí a jugar.
Más de una vez las camas de esa casa estaban sobrevendidas (como los pasajes a veces), y entonces yo me acostaba donde fuera, desesperado por dormir lo poco que pudiera. Asi es que algunas veces le dije a la abuela, que dormía en una cama grande, que se corriera y me hiciera un lugar, y así poder descansar hasta la hora del partido.
La vejez, le trajo a Doña Conce arterioesclerosis, y le disminuyó bastante todo el potencial protector al que nos tenía acostumbrado. No obstante, siempre que la visité me reconoció, como sino tuviera permitido olvidarse de lo chicos (aunque yo ya no lo era).
Una vez, poco antes de su muerte, estuve en la casa del Negro con mi hijo en brazos, que era un bebé por entonces. Cuando me vió, me retó y me ordenó que le devolviera "ese chico" a la madre, como no aceptando que pudiera ser mi hijo. A lo mejor porque yo era demasiado atorrante para estar casado y con un hijo. O, quizás, porque para ella yo seguía siendo un chico y no podia tener un hijo propio.
Cuando la muerte vino por la abuela Conce la encontró en su casa, con la puerta y el corazón abiertos, esperando, como siempre nos esperó a todos .