En el Bajo Flores sólo muere aquello que es olvidado.
Por eso, decían los antiguos pobladores de mi barrio, la muerte rara vez se aventuraba a introducirse en este poblado.
También por esa misma razón, cualquier bajoflorecino que ocasional o habitualmente recorriera otra geografía que no fuera la de este místico barrio porteño, estaba, indefectiblemente, mucho más expuesto a los designios de ella.
Nosotros nunca te olvidaremos, amigo.
A fines de los años setenta y comienzos de los ochenta, nosotros, los del pasaje, comenzamos a adoptar a otros bajoflorecinos como miembros de nuestra barra (yo digo nosotros, pero en realidad yo ya no vivía en el Bajo Flores, aunque mi vida transcurria en él).
Así llegaron a incorporarse Chelito, Gaby y Darío (Darío en realidad se llamaba José Luis). Años antes Fabián y Carlitos, el primo del negro Omar, ya habían comenzado a ser parte nuestra.
Como corresponde a la impronta del Bajo Flores, y a nuestra barra en particular, todos ellos amantes del fútbol, las mujeres y la amistad, aunque no necesariamente en ese orden.
A Darío, José Luis Donadío, lo comenzamos a tratar en el ochenta, porque en ese año tanto Darío como Carlitos, Omar y yo, estábamos haciendo el servicio militar. En plena Dictadura Militar, la conscripción, no era el mejor de los mundos, pero nosotros tratábamos de adaptarnos y de permanecer juntos. Por esta razón, hacíamos todo lo posible por continuar jugando los campeonatos en la Liga o Pintita, y de seguir yendo a bailar regularmente, en grupo, a Zodíaco u otro lugar que pintara bueno.
Darío, era arquero (es imposible escribir era. Quien sabe cuando somos y cuando dejamos de ser), y era de los buenos. A pesar de no gozar de una altura importante, era capaz de sacar una pelota que pretendía colarse por debajo del tarvesaño, con un salto oportuno y sin ningún problema. Pero su mayor habilidad estaba en el "mano a mano". Salía, a cubrir un ataque rival, rapidamente y, sin dudarlo, exponía todo su cuerpo para evitar que la pelota entrara en su arco (que en definitiva, era el nuestro).
Supimos tener un negocio juntos y disfrutábamos de nuestra juventud, no sólo con el fútbol, sino también con el baile (Darío bailaba el rock de una manera muy particular, tan audaz, como la manera que tenía de atajar), y con el pool. Con Darío jugábamos al pool casi todos los viernes, cuando cerrábamos el negocio.
Luego, nos separamos un poco. Nos casamos. Tuvimos hijos, y nos dedicamos a ellos.
Como yo ya no vivía en el Bajo, casi no lo veía. Pero todos estábamos al tanto de su vida por Omar, el único residente permanente del Bajo Flores, de los perteneciente a nuestra querida barra.
El 12 de Octubre de este año, Darío se fué.
En el 2009, la muerte se había llevado ya a mi viejo (es imposible reponerse de eso, no estamos preparados para perder a nuestros padres. Ahora lo sé).
Darío, continuaba siendo un habitante del Bajo, ya que atendía el negocio familiar ubicado en Crisótomo Alvarez, en frente del complejo de departamentos lindantes con el Hospital Piñeiro. Allí también, supo mantener su don de gente y se hizo acreedor al cariño y respeto de vecinos y clientes.
La muerte lo encontró en otro barrio, con ropa deportiva. Corriendo. Sólo.
Parece que como el negro no estaba, pasó el mediocampo como si nada. Para colmo yo estaba lejos, y no pude ni siquiera faulearla. Igual Darío, le salió con todo, y aunque ya estaba acomodada para su mejor perfil, se le puso en frente y le amagó a la derecha. La pelota fue a la izquierda, al lado del corazón. Darío lo sabía, y se tiró con todo. Pero esta vez, la pelota de la vida, la que todos queríamos que atajara, se le escapó entre las manos, para decretarnos la más dolorosas de las derrotas.
Seguramente en otro lugar, quizás hasta con mi viejo, o su viejo, o el viejo de Gaby, o el de Chelito, o el del Negro, en un picado de potrero, Darío está buscando otro "mano a mano", para esta vez, sí, demostrar que él ataja todo lo que le tiran.
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