Debo confesar, sin caer en la melancolía típica de los cuarentones, que uno de los acontecimientos de mi adolescencia que más extraño, es el festejo que se armaba en el pasaje para las fiestas de fin de año.
Estoy hablando de lo que acontecía allá por los años 70, cuando el pasaje Frank Brown era una ambiente más de cada una de las casas, cuyos frentes lindaban con aquella calzada casi intransitada por vehículo alguno. Efectivamente, los vecinos usaban la vereda y la calle como un espacio propio y así es que, al doblar la esquina e internarse en él, siempre se veía a su gente, sentada en sillas, mateando o tomando algo fresco, o comiendo, allí a la vista de todos.
La intimidad de la familia casi no existía, porque el Pasaje era como una familia. Así sucedía que uno podía escuchar los reclamos de una esposa a su marido, las discusiones con los hijos, las declaraciones de los novios y, porqué no, el menú que había para la cena, cada vez que transitaba por allí.
Las puertas de las casas estaban abiertas, y con un pequeño anuncio al abrirla, uno estaba habilitado a introducirse en ellas, donde casi siempre era bien recibido.
Para las fiestas, el pasaje era completamente copado por los vecinos. Luces de vereda a vereda, mesas, sillas, música, y todos a bailar.
José, uno de los vecinos, infaliblemente era el que ponía la música. Comenzaba a la tarde. Los bafles que tenía eran potentes y la música se escuchaba de lejos, como para anunciarle al vecindario que se vayan preparando para la noche
Nosostros, como era de suponer, estábamos ansiosos por que empiece el baile. No participábamos sólo los del pasaje, nosotros les avisábamos a otros chicos y chicas del barrio, o inclusive de otros barrios, para que vinieran. Y aunque a los pibes nos gustaba más bailar rock o música disco, José nos paseaba por un repertorio de lo más variado, que incluía tango, pasodoble, tarantela, cumbia y hasta música armenia, ya que había un importante comunidad armenia en el Bajo.
Los únicos que nos empilchábamos para el baile éramos los jóvenes, por razones presumibles, mientras que los viejos (no eran viejos, pero nosotros los llamábamos así) por lo general vestían ropas de entrecasa, cómoda y hasta algunos estaban en chancletas.
La ropa podía correr serio peligro al introducirse en la festividad del pasaje, ya que la gente tenía la tendencia de impulsarte a comer, como presumiendo, y era cierto, que a nuestra edad siempre estábamos hambrientos. "Probá esto que lo hizo la abuela" y la abuela te miraba para ver si aprobabas su producción (como extraño a la abuela Conse, pero ya le voy a dedicar todo un relato). Que cosas tan simples que hemos perdido inutilmente (ya me estoy poniendo melancólico, mejor cambio).
Los que siempre bailaban tango eran los padres del Negro (bailaban muy bien) El Julio y La Nelly, y los de Daniel, Juan Carlos y La Ercilia(como en el pasaje había dos Daniel a éste le decíamos el Daniel de la Ercilia, una genialidad la nuestra).
Nunca me pude olvidar de la vez que Félix, un tano algo osco que vivía mitad de cuadra, se puso a bailar la tarantela. No es que este hombre fuera un gran bailarín, nada que ver. Lo que no olvido es lo compenetrado que estaba, el sentimiento que ponía en esos movimientos, quizás transportándose con la música a un pasado dónde su edad era más cercana a la mía(la de entonces) y el lugar era su lugar, su patria, esa que no sé porqué razón, siempre extrañan tanto los italianos.
Nuestro lugar, no sólo en las fiestas sino siempre, era la esquina del Tano Francisco, donde el pasaje se juntaba con la calle Crisóstomo Alvarez. Allí llevábamos las bebidas que sacábamos de nuestras casas y allí delineábamos el reparto. Que reparto?. El de las mujeres, por supuesto. Nosótros teníamos nuestros códigos, y el éxito en este terreno, dependía de una tarea grupal. Todos apoyábamos y ayudábamos a llevar a cabo el levante de otro miembro de la barra y durante las fiestas las posibilidades aumentaban. Así es que había que evitar interferencias, ya sea de primas, hermanas o hermanos, u otros interesados ajenos a la barra, que pudieran hacer naufragar la estrategia de un amigo.
Al entrar en la madrugada sólo quedábamos los más jovenes. El cansancio iba venciendo a los mayores, y la música se concentraba en lo más moderno y allí entraban a demostrar sus habilidades los rockanroleros. Con la música de Credence o Johny Rivers, los veinteañeros, algo mayores que nosotros, competían amigablemente en el baile. A mí el que más me divertía era Juan, uno de los Cucarese (eran un montón), que además de bailar medio en broma, la cara que tenía (que me perdone) ayudaba a que sus bailes fueran un show.
Pero como todo, con el paso inexorable del tiempo vá decayendo, tanto el baile de entonces, como este relato, llegan a su fin, dejándonos antes y ahora, la esperanza de que habrá otros, y la certeza de que no se podrán igualar.
MEMORIAS DE MI BARRIO ... en ésta página sólo encontrarán, algunas pobres historias, extraídas de la realidad, y protagonizadas por algunos de los integrantes de esta casta, merecidamente, condenada a desaparecer.
viernes, 28 de agosto de 2009
viernes, 14 de agosto de 2009
EL BAILE EN LO DE LA TURCA
Un Relato del Negro Omar.
Por haber sido y seguir siendo mi gran compañero de vivencias, el primer relato no propio, le pertence al Negro, un bajaflorecino de permanencia ininterrumpida en el barrio, donde ya forma parte del paisaje.
Allá por los setentas, ya me había entrado con todo el gusto por la música, y por añadidura el afán de buscar "minitas"(o al revés primero me entró el de las minas y por añadidura la música). El barrio, era un lugar inexplorado en esta materia, porque hasta hacía unos años lo que me interesaba estaba en mi cuadra o como mucho en mi manzana, más allá era como un lugar ajeno.
Con el creciente interés por las chicas, mi zona de movilidad se ampliaba cada vez más. A su vez las chicas hacían exactamente lo mismo, comenzaban a visitarse con una compañera de colegio o una prima, que vivía a tres cuadras, y a la que nunca antes le habían dado bola; pero ahora esta prima o amiga, conocía a otros chicos y eso era todo una atracción para ellas. Hay que tener en cuenta que en aquellos días las chicas casi no salían de su casa.
Por aquel entonces, durante el receso escolar, la tarde era un momento de paseo. Todos los jóvenes y adolescentes del Bajo, salían bañaditos y bien vestidos, a ver que había. Para eso caminábamos varias cuadras en el barrio, buscando "minitas" o esperábamos en la esquina, simulando desínterés, si sabíamos que venían.
Nosotros, tanto hombres como mujeres, solíamos vestir unos pantalones muy ajustados que se abrían hacia abajo en una botamanga desproporcionada que cubría, casi por completo, los zapatos. Como si eso fuera poco, la ridiculez aumentaba al llegar a los zapatos, los cuales tenían un taco altísimo y una plataforma que nos hacía ver más altos que nuestros padres. Los varones usábamos camisas o remeras ajustadas, y hasta habíamos adoptado el cuello mao en ellas. Las mujeres, también usaban remeras o blusas ajustadas, tratando de realzar el busto con infinidad de trucos, que por respeto a estas actuales madres o abuelas, no voy a exponer ahora.
Por necesidades mutuas, al poco tiempo, ya teníamos un grupo de chicas con las que interectuábamos. El hecho de que no dé nombres, es sólo para evitar posibles (aunque absurdas a ésta altura) incomodidades. De ese grupo a mí me pegó la Turca. Era chiquita, yo tampoco era de los más altos, pero muy simpática y nos flechamos (que antiguedad) mutuamente.
Para mejor, ella andaba siempre con otra prima, que vivía con ella, y a la cual el flaco Ruben, un pibe del pasaje alto y narigón que jugaba al fútbol siempre con nosostros, ya le había hechado el ojo, con lo cual ambas (la turca y la prima) empezaron a venir al pasaje con frecuencia.
Para afianzar los vínculos ya existentes y, porque no, crear algunos nuevos, hacíamos bailes, que tenían una modalidad simple: alguien ofrecía la casa, los hombres (es una exageración, no éramos hombres entonces) llevábamos las bebidas, las chicas llevaban algo para comer. La música la armábamos entre todos, es decir, cada uno llevaba sus discos, simples o long play, con lo que estaba de moda.
Así fué como una vez la turca, nos invitó a un baile en su casa. Estábamos invitados todos los del pasaje, Néstor, Ruben, Aldo, yo y algunos más, entre los cuales recuerdo al gallego Viñas (hijo), un pibe del otro lado de la Perito Moreno, que más tarde se sumaría por unos años a la barra nuestra.
Yo tenía que pasar a buscar por la casa a una amiga, porque sino el viejo no la dejaba ir. Mi viejo, que conocía al padre la Turca, me había dicho que no me zarpe en nada. A su vez la madre de la anfitriona nos había alertado de que a su marido no le gustaba que bailen lentos, pero nosotros, por las dudas, igual habíamos llevado algunas baladas de las que estaban sonando en ese momento (no estoy seguro pero me parece que Roberto Carlos era lo más destacado).
El baile comenzó, se desarrolló, y continuó bajo la atenta mirada del dueño de casa que, como tenía a su hija y a su sobrina entre las participantes, se había apostado en una silla como un carabinieri, y con una mirada seria, casi temeraria, recorría a todas las parejas. Todo venía bien, pero sin lentos. Luego algunas de las chicas comenzaron a hacer gestiones, primero ante la madre y luego, con la colaboración de ésta, ante el padre de la Turca para que nos permita bailar algunos lentos. De muy mala gana el hombre accedió, a lo cual, yo estaba en el horno, porque si había alguien a quién iba a fulminar con la mirada, ese era yo. Por supuesto que Yo iba a hacer las cosas bien con la nena de la casa, porque me lo había pedido mi viejo, y lo que no me asustaba del padre de ella, si me asustaba del mío.
Antes de proseguir con este relato, quiero explicar como se bailaban los lentos entonces. Nosotros lo varones apoyábamos ambas manos en la cintura de las chicas, y ellas las apoyaban en nuestros hombros. Ellas permanecían con los brazos extendidos en su totalidad, para evitar que nosotros nos acerquemos, y nosotros hacíamos todo lo posible por hacerlo. Así es que los lentos se transformaban en una verdadera batalla, una lucha, que sin duda, nosotros queríamos ganar y ellas querían que ganáramos. Para achicar las distancias disponíamos de algunas mañas. La más exitosa era la de bajar lentamente la mano que estaba en la cintura, lo cual alertaba a la chica sobre la posibilidad de que se apoye en las caderas (algo totalmente prohibido para esa época).Esto obligaba a las señoritas a soltar el hombro para levantar la mano del audaz joven. Si éste era rápido aprovechaba ese momento para ganar un brusco acercamiento en la parte alta. Las chicas aceptaban eso, pero se ponían bien de costado, para que a lo sumo pudiéramos hablarle cerca del oído y gracias. Casi siempre éramos vencidos por la parte femenina, pero si la chica se llegaba a mostrar permisiva, seguro que la besábamos en la primera de cambio.
Fiel a lo que expliqué anteriormente, parece ser que el flaco Ruben, no había reparado o no le preocupaba frente a quién estaba y como su pareja se lo permitió, le estampó un beso a la sobrina del susodicho. El carabinieri lo vió y saltó de la silla como si le hubiensen pinchado propiamente el trasero, y sentenció "se terminó el baile, cada uno para su casa".
Yo no me animé ni a mirarlo, y todos salimos rapidito y sin chistar con cara de haber recibido una tarjeta roja.
Nos juntamos en la puerta y comenzamos a hablar entre nosotros para saber que había pasado. El flaco se hizo el boludo y no dijo nada, así es que nos marchamos sin una explicación. Ya estabamos enfilando para el pasaje, cuando sale de la casa el gallego Viñas con un montón de botellas en la mano diciendo: " Y, no le iba dejar toda la bebida al chabón, si nos echó".
Por haber sido y seguir siendo mi gran compañero de vivencias, el primer relato no propio, le pertence al Negro, un bajaflorecino de permanencia ininterrumpida en el barrio, donde ya forma parte del paisaje.
Allá por los setentas, ya me había entrado con todo el gusto por la música, y por añadidura el afán de buscar "minitas"(o al revés primero me entró el de las minas y por añadidura la música). El barrio, era un lugar inexplorado en esta materia, porque hasta hacía unos años lo que me interesaba estaba en mi cuadra o como mucho en mi manzana, más allá era como un lugar ajeno.
Con el creciente interés por las chicas, mi zona de movilidad se ampliaba cada vez más. A su vez las chicas hacían exactamente lo mismo, comenzaban a visitarse con una compañera de colegio o una prima, que vivía a tres cuadras, y a la que nunca antes le habían dado bola; pero ahora esta prima o amiga, conocía a otros chicos y eso era todo una atracción para ellas. Hay que tener en cuenta que en aquellos días las chicas casi no salían de su casa.
Por aquel entonces, durante el receso escolar, la tarde era un momento de paseo. Todos los jóvenes y adolescentes del Bajo, salían bañaditos y bien vestidos, a ver que había. Para eso caminábamos varias cuadras en el barrio, buscando "minitas" o esperábamos en la esquina, simulando desínterés, si sabíamos que venían.
Nosotros, tanto hombres como mujeres, solíamos vestir unos pantalones muy ajustados que se abrían hacia abajo en una botamanga desproporcionada que cubría, casi por completo, los zapatos. Como si eso fuera poco, la ridiculez aumentaba al llegar a los zapatos, los cuales tenían un taco altísimo y una plataforma que nos hacía ver más altos que nuestros padres. Los varones usábamos camisas o remeras ajustadas, y hasta habíamos adoptado el cuello mao en ellas. Las mujeres, también usaban remeras o blusas ajustadas, tratando de realzar el busto con infinidad de trucos, que por respeto a estas actuales madres o abuelas, no voy a exponer ahora.
Por necesidades mutuas, al poco tiempo, ya teníamos un grupo de chicas con las que interectuábamos. El hecho de que no dé nombres, es sólo para evitar posibles (aunque absurdas a ésta altura) incomodidades. De ese grupo a mí me pegó la Turca. Era chiquita, yo tampoco era de los más altos, pero muy simpática y nos flechamos (que antiguedad) mutuamente.
Para mejor, ella andaba siempre con otra prima, que vivía con ella, y a la cual el flaco Ruben, un pibe del pasaje alto y narigón que jugaba al fútbol siempre con nosostros, ya le había hechado el ojo, con lo cual ambas (la turca y la prima) empezaron a venir al pasaje con frecuencia.
Para afianzar los vínculos ya existentes y, porque no, crear algunos nuevos, hacíamos bailes, que tenían una modalidad simple: alguien ofrecía la casa, los hombres (es una exageración, no éramos hombres entonces) llevábamos las bebidas, las chicas llevaban algo para comer. La música la armábamos entre todos, es decir, cada uno llevaba sus discos, simples o long play, con lo que estaba de moda.
Así fué como una vez la turca, nos invitó a un baile en su casa. Estábamos invitados todos los del pasaje, Néstor, Ruben, Aldo, yo y algunos más, entre los cuales recuerdo al gallego Viñas (hijo), un pibe del otro lado de la Perito Moreno, que más tarde se sumaría por unos años a la barra nuestra.
Yo tenía que pasar a buscar por la casa a una amiga, porque sino el viejo no la dejaba ir. Mi viejo, que conocía al padre la Turca, me había dicho que no me zarpe en nada. A su vez la madre de la anfitriona nos había alertado de que a su marido no le gustaba que bailen lentos, pero nosotros, por las dudas, igual habíamos llevado algunas baladas de las que estaban sonando en ese momento (no estoy seguro pero me parece que Roberto Carlos era lo más destacado).
El baile comenzó, se desarrolló, y continuó bajo la atenta mirada del dueño de casa que, como tenía a su hija y a su sobrina entre las participantes, se había apostado en una silla como un carabinieri, y con una mirada seria, casi temeraria, recorría a todas las parejas. Todo venía bien, pero sin lentos. Luego algunas de las chicas comenzaron a hacer gestiones, primero ante la madre y luego, con la colaboración de ésta, ante el padre de la Turca para que nos permita bailar algunos lentos. De muy mala gana el hombre accedió, a lo cual, yo estaba en el horno, porque si había alguien a quién iba a fulminar con la mirada, ese era yo. Por supuesto que Yo iba a hacer las cosas bien con la nena de la casa, porque me lo había pedido mi viejo, y lo que no me asustaba del padre de ella, si me asustaba del mío.
Antes de proseguir con este relato, quiero explicar como se bailaban los lentos entonces. Nosotros lo varones apoyábamos ambas manos en la cintura de las chicas, y ellas las apoyaban en nuestros hombros. Ellas permanecían con los brazos extendidos en su totalidad, para evitar que nosotros nos acerquemos, y nosotros hacíamos todo lo posible por hacerlo. Así es que los lentos se transformaban en una verdadera batalla, una lucha, que sin duda, nosotros queríamos ganar y ellas querían que ganáramos. Para achicar las distancias disponíamos de algunas mañas. La más exitosa era la de bajar lentamente la mano que estaba en la cintura, lo cual alertaba a la chica sobre la posibilidad de que se apoye en las caderas (algo totalmente prohibido para esa época).Esto obligaba a las señoritas a soltar el hombro para levantar la mano del audaz joven. Si éste era rápido aprovechaba ese momento para ganar un brusco acercamiento en la parte alta. Las chicas aceptaban eso, pero se ponían bien de costado, para que a lo sumo pudiéramos hablarle cerca del oído y gracias. Casi siempre éramos vencidos por la parte femenina, pero si la chica se llegaba a mostrar permisiva, seguro que la besábamos en la primera de cambio.
Fiel a lo que expliqué anteriormente, parece ser que el flaco Ruben, no había reparado o no le preocupaba frente a quién estaba y como su pareja se lo permitió, le estampó un beso a la sobrina del susodicho. El carabinieri lo vió y saltó de la silla como si le hubiensen pinchado propiamente el trasero, y sentenció "se terminó el baile, cada uno para su casa".
Yo no me animé ni a mirarlo, y todos salimos rapidito y sin chistar con cara de haber recibido una tarjeta roja.
Nos juntamos en la puerta y comenzamos a hablar entre nosotros para saber que había pasado. El flaco se hizo el boludo y no dijo nada, así es que nos marchamos sin una explicación. Ya estabamos enfilando para el pasaje, cuando sale de la casa el gallego Viñas con un montón de botellas en la mano diciendo: " Y, no le iba dejar toda la bebida al chabón, si nos echó".
domingo, 9 de agosto de 2009
EL TRUCO EN EL PASAJE
Como ya expliquè anteriormente, nosotros èramos los del pasaje, no sòlo porque la mayorìa de los de la barra vivìan allì, sino porque ese, el pasaje Frank Brown, era nuestro lugar de encuentro y dònde pasàbamos la mayor parte del tiempo.
Una de las actividades que nos solìa convocar, era el truco. Efectivamente, ese juego de cartas tan rioplatense, era una de las actividades màs convocantes que tenìa en aquellos dìas ese olvidado lugar de la ciudad.
Todos estàbamos deseosos de participar, y nos embroncàbamos si alguna vez llegàbamos tarde y las parejas ya estaban armadas, lo cual nos condenaba a ser meros observadores de la contienda.
Los que nunca faltaban eran Nèstor (vivía justo en la mitad del pasaje y era el que sacaba las cartas y las sillas para jugar) y Carlitos (a quièn llamàbamos el tano, no sòlo porque era descendiente de italianos, sino que como buen bostero, era admirador del Tano Pernìa, un famoso y rùstico cuatro xeneize, a quièn nuestro amigo trataba de imitar cuando jugaba al fùtbol y lo hacìa muy mal). El negro Omar, Daniel, Rubèn y yo casi siempre completàbamos las parejas para el pica-pica.
Pero nunca las partidas se hacìan tan divertidas, al menos para mì, como cuando participaba un señor algo mayor de orìgen paraguayo, a quien tratàbamos desvergonzadamente, cosa que no era habitual en aquella època, llamado Pìo.
Pìo, segùn sus propios relatos, habìa sido un afamado boxeador en Paraguay durante su juventud. Pero en aquèl momento ya estaba para ser un jubilado, aunque seguramente por haber trabajado en negro, no disponìa de ese beneficio, y se las rebuscaba como albañil cuando conseguìa alguna obra que lo tomara. Tambièn era un fiel amante del vino, la cerveza y el tabaco, gustos que con el tiempo tambièn nosotros compartirìamos con èl, por suerte con un poco màs de control.
A juzgar por su forma de jugar al truco, yo siempre lo imaginè como un boxeador arrollador, de esos que van a todo o nada, de los que no entienden de especulaciones (creo que asì vivìa, sin guardarse nada, como si el hoy fuera lo ùnico). Efectivamente, cualquiera que jugaba de compañero con èl, debìa tratar de manejar las jugadas y los cantos, porque era de esos que no se achicaba nunca. No escatimaba retrucos, reales envidos, o faltas, y no era de recular cuando los cantaban los contrarios.
Como casi siempre, disfrutaba de alguna de sus bebidas favoritas, mientras jugaba, con el correr del partido, el valor de las cartas que Pìo recibìa, eran para èl mejores. Asì es señores, èse hermano guaranì, se despachaba con un quiero vale cuatro, aunque tuviera un caballo y su rival ya habìa jugado un siete bravo. Esto hacìa las delicias de quienes no lo sufrìan como compañero.
Recuerdo que una vez, sòlo por joder, Nèstor mandò a su abuelo, un gallego medio cabròn, pero bueno como casi todos lo viejos de entonces, a jugar con Pìo, con la finalidad de hacerlo perder. Ya el partido venìa mal para los veteranos y para rematarla, el paragua le grita un quiero retruco a los contrarios, que sin jugar habìan cantado truco, y cuando èstos aceptaron y jugaron Pìo ni siquiera jugò, dàndose por vencido y sentenciando la derrota. Cuando el gallego le recriminò para que habìa retrucado sino tenìa nada, el paraguayo le contestò "Queno le via dar si tenìa un dos", a lo que el gallego sòlo atinò a decir " Bah, ahora si que me jodiste".
Una de las actividades que nos solìa convocar, era el truco. Efectivamente, ese juego de cartas tan rioplatense, era una de las actividades màs convocantes que tenìa en aquellos dìas ese olvidado lugar de la ciudad.
Todos estàbamos deseosos de participar, y nos embroncàbamos si alguna vez llegàbamos tarde y las parejas ya estaban armadas, lo cual nos condenaba a ser meros observadores de la contienda.
Los que nunca faltaban eran Nèstor (vivía justo en la mitad del pasaje y era el que sacaba las cartas y las sillas para jugar) y Carlitos (a quièn llamàbamos el tano, no sòlo porque era descendiente de italianos, sino que como buen bostero, era admirador del Tano Pernìa, un famoso y rùstico cuatro xeneize, a quièn nuestro amigo trataba de imitar cuando jugaba al fùtbol y lo hacìa muy mal). El negro Omar, Daniel, Rubèn y yo casi siempre completàbamos las parejas para el pica-pica.
Pero nunca las partidas se hacìan tan divertidas, al menos para mì, como cuando participaba un señor algo mayor de orìgen paraguayo, a quien tratàbamos desvergonzadamente, cosa que no era habitual en aquella època, llamado Pìo.
Pìo, segùn sus propios relatos, habìa sido un afamado boxeador en Paraguay durante su juventud. Pero en aquèl momento ya estaba para ser un jubilado, aunque seguramente por haber trabajado en negro, no disponìa de ese beneficio, y se las rebuscaba como albañil cuando conseguìa alguna obra que lo tomara. Tambièn era un fiel amante del vino, la cerveza y el tabaco, gustos que con el tiempo tambièn nosotros compartirìamos con èl, por suerte con un poco màs de control.
A juzgar por su forma de jugar al truco, yo siempre lo imaginè como un boxeador arrollador, de esos que van a todo o nada, de los que no entienden de especulaciones (creo que asì vivìa, sin guardarse nada, como si el hoy fuera lo ùnico). Efectivamente, cualquiera que jugaba de compañero con èl, debìa tratar de manejar las jugadas y los cantos, porque era de esos que no se achicaba nunca. No escatimaba retrucos, reales envidos, o faltas, y no era de recular cuando los cantaban los contrarios.
Como casi siempre, disfrutaba de alguna de sus bebidas favoritas, mientras jugaba, con el correr del partido, el valor de las cartas que Pìo recibìa, eran para èl mejores. Asì es señores, èse hermano guaranì, se despachaba con un quiero vale cuatro, aunque tuviera un caballo y su rival ya habìa jugado un siete bravo. Esto hacìa las delicias de quienes no lo sufrìan como compañero.
Recuerdo que una vez, sòlo por joder, Nèstor mandò a su abuelo, un gallego medio cabròn, pero bueno como casi todos lo viejos de entonces, a jugar con Pìo, con la finalidad de hacerlo perder. Ya el partido venìa mal para los veteranos y para rematarla, el paragua le grita un quiero retruco a los contrarios, que sin jugar habìan cantado truco, y cuando èstos aceptaron y jugaron Pìo ni siquiera jugò, dàndose por vencido y sentenciando la derrota. Cuando el gallego le recriminò para que habìa retrucado sino tenìa nada, el paraguayo le contestò "Queno le via dar si tenìa un dos", a lo que el gallego sòlo atinò a decir " Bah, ahora si que me jodiste".
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