Debo confesar, sin caer en la melancolía típica de los cuarentones, que uno de los acontecimientos de mi adolescencia que más extraño, es el festejo que se armaba en el pasaje para las fiestas de fin de año.
Estoy hablando de lo que acontecía allá por los años 70, cuando el pasaje Frank Brown era una ambiente más de cada una de las casas, cuyos frentes lindaban con aquella calzada casi intransitada por vehículo alguno. Efectivamente, los vecinos usaban la vereda y la calle como un espacio propio y así es que, al doblar la esquina e internarse en él, siempre se veía a su gente, sentada en sillas, mateando o tomando algo fresco, o comiendo, allí a la vista de todos.
La intimidad de la familia casi no existía, porque el Pasaje era como una familia. Así sucedía que uno podía escuchar los reclamos de una esposa a su marido, las discusiones con los hijos, las declaraciones de los novios y, porqué no, el menú que había para la cena, cada vez que transitaba por allí.
Las puertas de las casas estaban abiertas, y con un pequeño anuncio al abrirla, uno estaba habilitado a introducirse en ellas, donde casi siempre era bien recibido.
Para las fiestas, el pasaje era completamente copado por los vecinos. Luces de vereda a vereda, mesas, sillas, música, y todos a bailar.
José, uno de los vecinos, infaliblemente era el que ponía la música. Comenzaba a la tarde. Los bafles que tenía eran potentes y la música se escuchaba de lejos, como para anunciarle al vecindario que se vayan preparando para la noche
Nosostros, como era de suponer, estábamos ansiosos por que empiece el baile. No participábamos sólo los del pasaje, nosotros les avisábamos a otros chicos y chicas del barrio, o inclusive de otros barrios, para que vinieran. Y aunque a los pibes nos gustaba más bailar rock o música disco, José nos paseaba por un repertorio de lo más variado, que incluía tango, pasodoble, tarantela, cumbia y hasta música armenia, ya que había un importante comunidad armenia en el Bajo.
Los únicos que nos empilchábamos para el baile éramos los jóvenes, por razones presumibles, mientras que los viejos (no eran viejos, pero nosotros los llamábamos así) por lo general vestían ropas de entrecasa, cómoda y hasta algunos estaban en chancletas.
La ropa podía correr serio peligro al introducirse en la festividad del pasaje, ya que la gente tenía la tendencia de impulsarte a comer, como presumiendo, y era cierto, que a nuestra edad siempre estábamos hambrientos. "Probá esto que lo hizo la abuela" y la abuela te miraba para ver si aprobabas su producción (como extraño a la abuela Conse, pero ya le voy a dedicar todo un relato). Que cosas tan simples que hemos perdido inutilmente (ya me estoy poniendo melancólico, mejor cambio).
Los que siempre bailaban tango eran los padres del Negro (bailaban muy bien) El Julio y La Nelly, y los de Daniel, Juan Carlos y La Ercilia(como en el pasaje había dos Daniel a éste le decíamos el Daniel de la Ercilia, una genialidad la nuestra).
Nunca me pude olvidar de la vez que Félix, un tano algo osco que vivía mitad de cuadra, se puso a bailar la tarantela. No es que este hombre fuera un gran bailarín, nada que ver. Lo que no olvido es lo compenetrado que estaba, el sentimiento que ponía en esos movimientos, quizás transportándose con la música a un pasado dónde su edad era más cercana a la mía(la de entonces) y el lugar era su lugar, su patria, esa que no sé porqué razón, siempre extrañan tanto los italianos.
Nuestro lugar, no sólo en las fiestas sino siempre, era la esquina del Tano Francisco, donde el pasaje se juntaba con la calle Crisóstomo Alvarez. Allí llevábamos las bebidas que sacábamos de nuestras casas y allí delineábamos el reparto. Que reparto?. El de las mujeres, por supuesto. Nosótros teníamos nuestros códigos, y el éxito en este terreno, dependía de una tarea grupal. Todos apoyábamos y ayudábamos a llevar a cabo el levante de otro miembro de la barra y durante las fiestas las posibilidades aumentaban. Así es que había que evitar interferencias, ya sea de primas, hermanas o hermanos, u otros interesados ajenos a la barra, que pudieran hacer naufragar la estrategia de un amigo.
Al entrar en la madrugada sólo quedábamos los más jovenes. El cansancio iba venciendo a los mayores, y la música se concentraba en lo más moderno y allí entraban a demostrar sus habilidades los rockanroleros. Con la música de Credence o Johny Rivers, los veinteañeros, algo mayores que nosotros, competían amigablemente en el baile. A mí el que más me divertía era Juan, uno de los Cucarese (eran un montón), que además de bailar medio en broma, la cara que tenía (que me perdone) ayudaba a que sus bailes fueran un show.
Pero como todo, con el paso inexorable del tiempo vá decayendo, tanto el baile de entonces, como este relato, llegan a su fin, dejándonos antes y ahora, la esperanza de que habrá otros, y la certeza de que no se podrán igualar.
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