Un Relato del Negro Omar.
Por haber sido y seguir siendo mi gran compañero de vivencias, el primer relato no propio, le pertence al Negro, un bajaflorecino de permanencia ininterrumpida en el barrio, donde ya forma parte del paisaje.
Allá por los setentas, ya me había entrado con todo el gusto por la música, y por añadidura el afán de buscar "minitas"(o al revés primero me entró el de las minas y por añadidura la música). El barrio, era un lugar inexplorado en esta materia, porque hasta hacía unos años lo que me interesaba estaba en mi cuadra o como mucho en mi manzana, más allá era como un lugar ajeno.
Con el creciente interés por las chicas, mi zona de movilidad se ampliaba cada vez más. A su vez las chicas hacían exactamente lo mismo, comenzaban a visitarse con una compañera de colegio o una prima, que vivía a tres cuadras, y a la que nunca antes le habían dado bola; pero ahora esta prima o amiga, conocía a otros chicos y eso era todo una atracción para ellas. Hay que tener en cuenta que en aquellos días las chicas casi no salían de su casa.
Por aquel entonces, durante el receso escolar, la tarde era un momento de paseo. Todos los jóvenes y adolescentes del Bajo, salían bañaditos y bien vestidos, a ver que había. Para eso caminábamos varias cuadras en el barrio, buscando "minitas" o esperábamos en la esquina, simulando desínterés, si sabíamos que venían.
Nosotros, tanto hombres como mujeres, solíamos vestir unos pantalones muy ajustados que se abrían hacia abajo en una botamanga desproporcionada que cubría, casi por completo, los zapatos. Como si eso fuera poco, la ridiculez aumentaba al llegar a los zapatos, los cuales tenían un taco altísimo y una plataforma que nos hacía ver más altos que nuestros padres. Los varones usábamos camisas o remeras ajustadas, y hasta habíamos adoptado el cuello mao en ellas. Las mujeres, también usaban remeras o blusas ajustadas, tratando de realzar el busto con infinidad de trucos, que por respeto a estas actuales madres o abuelas, no voy a exponer ahora.
Por necesidades mutuas, al poco tiempo, ya teníamos un grupo de chicas con las que interectuábamos. El hecho de que no dé nombres, es sólo para evitar posibles (aunque absurdas a ésta altura) incomodidades. De ese grupo a mí me pegó la Turca. Era chiquita, yo tampoco era de los más altos, pero muy simpática y nos flechamos (que antiguedad) mutuamente.
Para mejor, ella andaba siempre con otra prima, que vivía con ella, y a la cual el flaco Ruben, un pibe del pasaje alto y narigón que jugaba al fútbol siempre con nosostros, ya le había hechado el ojo, con lo cual ambas (la turca y la prima) empezaron a venir al pasaje con frecuencia.
Para afianzar los vínculos ya existentes y, porque no, crear algunos nuevos, hacíamos bailes, que tenían una modalidad simple: alguien ofrecía la casa, los hombres (es una exageración, no éramos hombres entonces) llevábamos las bebidas, las chicas llevaban algo para comer. La música la armábamos entre todos, es decir, cada uno llevaba sus discos, simples o long play, con lo que estaba de moda.
Así fué como una vez la turca, nos invitó a un baile en su casa. Estábamos invitados todos los del pasaje, Néstor, Ruben, Aldo, yo y algunos más, entre los cuales recuerdo al gallego Viñas (hijo), un pibe del otro lado de la Perito Moreno, que más tarde se sumaría por unos años a la barra nuestra.
Yo tenía que pasar a buscar por la casa a una amiga, porque sino el viejo no la dejaba ir. Mi viejo, que conocía al padre la Turca, me había dicho que no me zarpe en nada. A su vez la madre de la anfitriona nos había alertado de que a su marido no le gustaba que bailen lentos, pero nosotros, por las dudas, igual habíamos llevado algunas baladas de las que estaban sonando en ese momento (no estoy seguro pero me parece que Roberto Carlos era lo más destacado).
El baile comenzó, se desarrolló, y continuó bajo la atenta mirada del dueño de casa que, como tenía a su hija y a su sobrina entre las participantes, se había apostado en una silla como un carabinieri, y con una mirada seria, casi temeraria, recorría a todas las parejas. Todo venía bien, pero sin lentos. Luego algunas de las chicas comenzaron a hacer gestiones, primero ante la madre y luego, con la colaboración de ésta, ante el padre de la Turca para que nos permita bailar algunos lentos. De muy mala gana el hombre accedió, a lo cual, yo estaba en el horno, porque si había alguien a quién iba a fulminar con la mirada, ese era yo. Por supuesto que Yo iba a hacer las cosas bien con la nena de la casa, porque me lo había pedido mi viejo, y lo que no me asustaba del padre de ella, si me asustaba del mío.
Antes de proseguir con este relato, quiero explicar como se bailaban los lentos entonces. Nosotros lo varones apoyábamos ambas manos en la cintura de las chicas, y ellas las apoyaban en nuestros hombros. Ellas permanecían con los brazos extendidos en su totalidad, para evitar que nosotros nos acerquemos, y nosotros hacíamos todo lo posible por hacerlo. Así es que los lentos se transformaban en una verdadera batalla, una lucha, que sin duda, nosotros queríamos ganar y ellas querían que ganáramos. Para achicar las distancias disponíamos de algunas mañas. La más exitosa era la de bajar lentamente la mano que estaba en la cintura, lo cual alertaba a la chica sobre la posibilidad de que se apoye en las caderas (algo totalmente prohibido para esa época).Esto obligaba a las señoritas a soltar el hombro para levantar la mano del audaz joven. Si éste era rápido aprovechaba ese momento para ganar un brusco acercamiento en la parte alta. Las chicas aceptaban eso, pero se ponían bien de costado, para que a lo sumo pudiéramos hablarle cerca del oído y gracias. Casi siempre éramos vencidos por la parte femenina, pero si la chica se llegaba a mostrar permisiva, seguro que la besábamos en la primera de cambio.
Fiel a lo que expliqué anteriormente, parece ser que el flaco Ruben, no había reparado o no le preocupaba frente a quién estaba y como su pareja se lo permitió, le estampó un beso a la sobrina del susodicho. El carabinieri lo vió y saltó de la silla como si le hubiensen pinchado propiamente el trasero, y sentenció "se terminó el baile, cada uno para su casa".
Yo no me animé ni a mirarlo, y todos salimos rapidito y sin chistar con cara de haber recibido una tarjeta roja.
Nos juntamos en la puerta y comenzamos a hablar entre nosotros para saber que había pasado. El flaco se hizo el boludo y no dijo nada, así es que nos marchamos sin una explicación. Ya estabamos enfilando para el pasaje, cuando sale de la casa el gallego Viñas con un montón de botellas en la mano diciendo: " Y, no le iba dejar toda la bebida al chabón, si nos echó".
Me hiciste cagar de risa Cabezón, cuantas anecdótas y sueños que teníamos, no?
ResponderEliminarYa me había olvidado, lo estaba leyendo y es como si mi cabeza volvía a ese momento y es como que lo estoy viendo, la puta madre, cuanto tiempo pasó y me parece que fue hace tan poco.
Espectacular lo tuyo, te felicito. Te mando un abrazo