Como ya expliquè anteriormente, nosotros èramos los del pasaje, no sòlo porque la mayorìa de los de la barra vivìan allì, sino porque ese, el pasaje Frank Brown, era nuestro lugar de encuentro y dònde pasàbamos la mayor parte del tiempo.
Una de las actividades que nos solìa convocar, era el truco. Efectivamente, ese juego de cartas tan rioplatense, era una de las actividades màs convocantes que tenìa en aquellos dìas ese olvidado lugar de la ciudad.
Todos estàbamos deseosos de participar, y nos embroncàbamos si alguna vez llegàbamos tarde y las parejas ya estaban armadas, lo cual nos condenaba a ser meros observadores de la contienda.
Los que nunca faltaban eran Nèstor (vivía justo en la mitad del pasaje y era el que sacaba las cartas y las sillas para jugar) y Carlitos (a quièn llamàbamos el tano, no sòlo porque era descendiente de italianos, sino que como buen bostero, era admirador del Tano Pernìa, un famoso y rùstico cuatro xeneize, a quièn nuestro amigo trataba de imitar cuando jugaba al fùtbol y lo hacìa muy mal). El negro Omar, Daniel, Rubèn y yo casi siempre completàbamos las parejas para el pica-pica.
Pero nunca las partidas se hacìan tan divertidas, al menos para mì, como cuando participaba un señor algo mayor de orìgen paraguayo, a quien tratàbamos desvergonzadamente, cosa que no era habitual en aquella època, llamado Pìo.
Pìo, segùn sus propios relatos, habìa sido un afamado boxeador en Paraguay durante su juventud. Pero en aquèl momento ya estaba para ser un jubilado, aunque seguramente por haber trabajado en negro, no disponìa de ese beneficio, y se las rebuscaba como albañil cuando conseguìa alguna obra que lo tomara. Tambièn era un fiel amante del vino, la cerveza y el tabaco, gustos que con el tiempo tambièn nosotros compartirìamos con èl, por suerte con un poco màs de control.
A juzgar por su forma de jugar al truco, yo siempre lo imaginè como un boxeador arrollador, de esos que van a todo o nada, de los que no entienden de especulaciones (creo que asì vivìa, sin guardarse nada, como si el hoy fuera lo ùnico). Efectivamente, cualquiera que jugaba de compañero con èl, debìa tratar de manejar las jugadas y los cantos, porque era de esos que no se achicaba nunca. No escatimaba retrucos, reales envidos, o faltas, y no era de recular cuando los cantaban los contrarios.
Como casi siempre, disfrutaba de alguna de sus bebidas favoritas, mientras jugaba, con el correr del partido, el valor de las cartas que Pìo recibìa, eran para èl mejores. Asì es señores, èse hermano guaranì, se despachaba con un quiero vale cuatro, aunque tuviera un caballo y su rival ya habìa jugado un siete bravo. Esto hacìa las delicias de quienes no lo sufrìan como compañero.
Recuerdo que una vez, sòlo por joder, Nèstor mandò a su abuelo, un gallego medio cabròn, pero bueno como casi todos lo viejos de entonces, a jugar con Pìo, con la finalidad de hacerlo perder. Ya el partido venìa mal para los veteranos y para rematarla, el paragua le grita un quiero retruco a los contrarios, que sin jugar habìan cantado truco, y cuando èstos aceptaron y jugaron Pìo ni siquiera jugò, dàndose por vencido y sentenciando la derrota. Cuando el gallego le recriminò para que habìa retrucado sino tenìa nada, el paraguayo le contestò "Queno le via dar si tenìa un dos", a lo que el gallego sòlo atinò a decir " Bah, ahora si que me jodiste".
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