viernes, 18 de septiembre de 2009

JUGAR AL CARNAVAL

Nada generaba, en la juventud de aquellos días (algunas décadas atrás) tanto entusiasmo, como la llegada de los carnavales. ( en otro capítulo me ocuparé de los bailes).
En el Bajo Flores, como en casi todos las barriadas del Buenos Aires de entonces, era una época de festejos y diversión, que coincidían con dos situaciones que favorecían una dedicación, de nuestra parte, casi plena a estas tradicionales fiestas paganas: no había campeonatos de fútbol (para nosotros, los bajoflorecinos, el fútbol estaba por encima de todo, a excepción de la vieja) y las responsabilidades escolares eran nulas (algunos, no es mi caso, tampoco asumían esas responsabilidades durante el resto del año ) .
Como bien dije antes, salvo algún picadito informal en la plaza o en alguna cancha de Papi Fútbol, contra alguna otra de las barras del barrio, no había fútbol y se podría decir que estábamos al pedo. Por lo tanto y, como el calor lo permitía, nos avocábamos al tradicional juego carnavalesco de mojar a las mujeres.
En el Bajo Flores, cuando yo todavía vivía allí, el jugar con agua convocaba a casi todo el barrio. Personas de todas las edades, cargaban agua en un balde y salían a la calle a mojar a un vecino; con lo cual, las veredas del barrio, los pasillos y los patios de las casas, se convertían en una pista de patinaje, que producía más de un golpe o resbalón. El riesgo se agravaba por el uso, casi exclusivo, tanto en hombres como mujeres, de ojotas o chancletas.
Con ésta simple actividad, espontánea, sencilla, mi barrio rebozaba de alegría. Era una maravilla ver a tantos adultos despojados de absurdos prejuicios, riéndose y disfrutando plenamente, como una postal de la felicidad. Postal que quedó, vaya a saber porqué, guardada en un cofre del cual, no encontramos la llave.
Nosotros, los quinceañeros de entonces, preferíamos jugar utilizando las famosas bombitas, que generalmete teníamos escondidas en algún lugar, simulando no participar del juego, para sorprender a alguna incauta bajoflorecina que pasaba por el lugar. Cabe reconocer, que a pesar de que nosotros éramos un poco atorrantes, las chicas del pasaje o con las que nosotros teníamos una amistad, siempre soportaron estoicamente nuestra conducta, sin exponernos ante los mayores. Otra modalidad, muy usada por nosotros los del pasaje, era permanecer en la terraza de alguna casa (todos los de la barra teníamos terrazas en nuestras casas) y desde allí bombardear con los globitos inflados con agua a las chicas que pasaban por la calle o la vereda. También en alguna oportunidad, y para confraternizar con otras zonas del Bajo o con otros barrios aledaños, nos subíamos a alguna camioneta (en este momento me viene a la memoria el gordo Osvaldo, un muchacho mayor que nosotros que ponía su camioneta a nuestra disposición para ese y otros menesteres) cargando el arsenal en la parte trasera y atacábamos por sorpresa y en movimiento (todo una cobardía) a cualquiera que cruzáramos en el camino. Esto nos hacía acreedores de una serie de insultos por parte delas afectadas, y a veces receptores de algunos intentos de venganza, provenientes de una madre o un novio enfurecido.
Para graficar estos eventos, me permito relatarles, un suceso que tuvo lugar en aquellos días.
Yo vivía en la calle Crisóstomo Alvarez, y para alguno de esos carnavales, mi tía Rina vino a casa, con sus tres hijas. A la hora de la siesta, mas o menos, se desató el carnaval, y tanto mi viejo (mi querido viejo solía, desde su juventud, disfrutar de éste juego) como mi dulcísima madre (la Olga) y su hermana, salieron a la calle a partcipar activamente de la carnavaleada. Mi casa, si bien daba al frente, tenía un pasillo para acceder al resto de la propiedad. Lo primero que uno encontraba viniendo por el pasillo, era un patio que tenía un acceso a la terraza por un escalera. Debajo de la misma, como en casi todas las casas de entonces, se encontraba la pileta para lavar la ropa, y pegada a la pared que contenía la ecalera, nosotros teníamos una mesa mas o menos grande. Asi es que la parentela, tenía que entrar hasta el patio para cargar agua en la pileta.
En la plenitud del juego, yo había entrado a mi casa a tomar un vaso de leche fría (un verdadero angelito), cuando escuché el sonido de una chancleteada por el pasillo, me asomé y ví a mi vieja entrando raudamente al patio e inmediatamente, merced a un rebalón, patinar hasta quedar depositada debajo de la mesa. Mojé un vainilla en la leche, y me la estaba llevando a la boca, cuando asomó del pasillo mi tía, a una velocidad llamativa, y al ver a mi vieja sentada, semioculta por la mesa, intentó detener la marcha mientras exclamaba "Que te pasó?". Pero el traicionero estado del piso no le permitió a mi tía semejante frenada y derrapando con todo su importante trasero por el patio, fue a parar ni más ni menos que al mismo lugar donde se encontraba su hermana mayor.
Con media vainilla en la mano, y la boca semiabierta, asistí a uno de los momentos más inolvidables de esos días: dos señoras muertas de risa, empapadas y desparramadas debajo de una mesa, una a la par de la otra, disfrutando de una felicidad simple, que no necesitaba de lujos para ser auténtica. Como el Bajo Flores.

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