martes, 8 de septiembre de 2009

TARDES DE FUTBOL

Vaya este relato como una dedicatoria a aquellos jugadores amateurs y delegados (algo así como director técnico) que, en las canchas del Bajo, nos enseñaron el amor, la responsabilidad, el coraje y la amistad, con el fútbol como excusa.
A los hermanos Vanoni (Chascomus), el Laucha (Corazones Unidos); Huevo, Rendo, Meca (Corazón Juvenil); Hugo, Champi, Daniel, Ongaro, Joe, Quique Cucarese, el Gallego Viñas, el Gordo Arnaldo (Flores Sur); Tedesco, Bicho Yanin, Sergio (Bartolozo); Vaquero, Brea, el Canario (Urbin); La Flaca, Varela, Capano, Tito Monteagudo, Cayaye, Aziardi, Fontana, Pinocho, De paz, Petrocelli, Francisco Belvedere(Globertroters); y muchos otros que nos antecedieron y que dejaron su huella en las canchas de mi Barrio.

Los sábados a la tarde el Bajo Flores recibía a una gran cantidad de aficionados al más popular de todos deportes, y al único reverenciado en este poblado sureño de la Ciudad, el fútbol.

Jugadores amateurs, ex jugadores profesionales, simpatizantes, jubilados, jóvenes, señoras(pocas), señoritas(menos) y niños, llenaban los espacios linderos a las canchas, tanto de La Liga de Flores, como del Club Pintita, para deleitarse con una seguidilla de partidos, muchos de ellos, de excelente nivel técnico.

Nosotros, los de la barra, no pasábamos de los trece o catorce años y nos juntábamos en el pasaje para luego cruzar la Perito Moreno, accediendo de inmediato a las canchas de La Liga, allí donde actualmente funciona La Quemita de Huracán.

Por entonces, en aquel terreno, funcionaba un complejo de tres canchas regenteadas por Francisco, el patriarca de los Cucarese, quien no sólo cuidaba de ellas, sino que además tenía un sector amplio de la casa al servicio de La Liga, para llevar el planillaje, e incluso, al fondo, disponía de unos rudimentarios compartimentos que hacían la veces de vestuarios.

La Liga ofrecía al menos dos partidos por turno, pero, si ninguno nos atraía, caminábamos unos metros más y llegábamos hasta el Club Pintita (para mí el único Club representativo del Bajo Flores), que tenía una sola cancha y su propio campeonato. Pintita, a diferencia de La Liga, tenía un predio bien delimitado y la cancha estaba alambrada.

La gran cantidad de espectadores que convocaban estos torneos, alentaba la concurrencia de un sinfín de vendedores ambulantes, que recorrían una y otra vez los perímetros de los campos de juego, pregonando a viva voz sus productos.

Nosotros éramos consumidores, cuando conseguíamos alguna que otra moneda que lo permitiera, de lupines y semillas de girasol. También ya habíamos comenzado a pitar un fasito de vez en cuando, y teníamos que tomar nuestros recaudos para evitar que algún vecino, o conocido de nuestros padres, nos descubriera mientras despuntábamos el vicio. Entre la cancha número uno de La Liga y Pintita, habia una arboleda y unos montículos de tierra, donde nos escondíamos para fumar, con los pibes de la barra y a veces con otros viciosos jóvenes del Bajo.

A veces llevábamos una pelota, o la mangueábamos a alguien conocido, y organizábamos un picadito informal a un costado de las canchas, dónde había un amplio terreno.

Pero fieles a la más ortodoxa tradición futbolera, cada uno de nosotros, sentía perdilección por alguno de los equipos que allí competían, y disfrutábamos, como corresponde, si durante el campeonato el nuestro vencía al preferido de alguno de nuestros amigos.

El Negro Omar y Néstor (le decíamos el Gitano) hinchaban para Los Globertrotters (ahora el Negro es el delegado de ese equipo, que es uno de los fundadores de La Liga), y aunque éste estaba lejos de brindar un show como el que hacían los basquetbolistas norteamericanos, alcanzó a llevarse un campeonato en el año 1973 (y si, somos de la prehistoria), con un equipo experimentado y sólido, dirigido por Francisco Belvedere, toda una tradición en La Liga.(Prometo que habrá un espacio en otros relatos para él, para el Gallego Viñas y para el Gordo Arnaldo, de quienes guardo un grato recuerdo).

Daniel prefería a Corazón Juvenil, porque usaban la camiseta de River, creo, y aunque lo único que tenían de juvenil era el corazón, porque casi todos sus integrantes peinaban canas, jugaban realmente de manera estupenda al fútbol.

Al Flaco Ruben y a mí nos gustaba más Urbin, un equipo de una fábrica de pomada para zapatos, que también llegó a salir campeón por ese entonces, aunque luego desapareció.

Con el correr del tiempo todos nosotros, los del pasaje, pasaríamos a formar parte de estos torneos, tanto en La Liga como en Pintita, algunas veces en el mismo equipo, y otras veces como rivales, tratando inútilmente, de reemplazar dignamente a aquellos que nos asombraron con su juego durante aquella fantástica época de nuestras vidas.

No tego dudas de que no llegamos a igualar a aquellos gladiadores de entonces, pero sí estoy seguro de que siempre jugamos con la misma pasión, poniendo el alma en cada partido; con el mismo esfuerzo, arriesgando el cuerpo en cada pelota. Porque en el Bajo Flores jugábamos al fútbol así: con el cuerpo y con el alma, sin recibir ninguna otra recompensa que la de nuestra propia satisfacción, por haber cumplido con el ritual de jugar como si nuestra vida dependiera de un partido.

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